La renuncia

 

"Francisco renuncia a los bienes paternos". Giotto

El día de ayer celebró la Iglesia al Pobrecillo de Asís. Entre todas las recomendaciones del algoritmo, me llamó la atención aquella donde aparecía una pintura de Giotto: la escena quizá más reveladora de la vida del santo en donde se despoja de sus prendas delante del obispo y los gentiles, como símbolo de su renuncia a los bienes terrenales de su padre. Reveladora, digo, para mí, porque encontré en ella una imagen verdaderamente apologética por sí misma. Ya habrá pasado casi un año y medio desde que leí por primera vez -y a petición de mi Madre- una breve introducción biográfica de la vida de il poverello y, hasta ahora, no me había puesto a pensar sobre el concepto de la renuncia. Hablo de la renuncia como acto de plena libertad y amor a Cristo, centro de gravedad del alma humana.

Pienso que cuando se ha estado al margen de cualquier dogma de fe tanto tiempo, que hasta podría resultar infame tal grado de hundimiento hacia el submundo de la desesperanza y el vacío, puede sin embargo aprovecharse ese descenso -de, más que tibieza, yo diría sequedad- para acercarse hacia la lucidez de la plenitud de los tiempos desde la ceguera, aún con mayor consciencia reflexiva. No me malentiendan, de ninguna manera digo que sea requisito fundamental el aislamiento, sino más bien un añadido de las manifestaciones del empirismo que consigue un mejor acierto a la adecuación del intelecto con la realidad tangible y a la aprehensión de los misterios de la fe; en nuestro caso, la católica. Es decir, es cierto que poco importa el cómo se haya conocido a Cristo con tal de que, en efecto, se profundice con apertura de corazón en su conocimiento, pero no deja de ser precioso para el alma si se ha descubierto en primera instancia lo que significa la vida sin Cristo antes de conocerle por la lectura de los Evangelios o a través de las enseñanzas impuestas por el seno lactante del entorno social. Esperar por la lactancia fecunda de ese seno sería un acto pasivo, una evasión a nuestro libre ejercicio de la libertad, una ingenuidad ingenua y no una ingenuidad pensada, reflexiva.

Por eso es que aproximarse a Jesús desde una voluntaria negación de su redención equivale a la renuncia de San Francisco de Asís, en el sentido de que primero nos entregamos desnudos a la intemperie absoluta y, una vez apaleado el cuerpo por los gélidos cuchillos del invierno, puede este abandonarse con sincero regocijo al calor de las pieles. Tampoco quiero decir que lo opuesto, es decir, la inercia, no sea una sincera estancia en el Señor; al contrario: más bien vendría a ser una bendición, una involuntaria tendencia a la santidad, como fue el caso de Francisco o Tomás de Aquino, pero no así el de Pablo de Tarso ni el de Agustín de Hipona.

La batalla que se libra a diario contra el tiempo, es también la batalla contra la fe: la conversión diaria. No todos tenemos que alumbrarnos desde la ceguera como Pablo y caernos del caballo para darnos cuenta de que sí existe un Jesús que es verdadero hombre y verdadero Dios, pero qué afortunados somos los que nos ha tocado tal destino, qué privilegio conocer a Nuestro Señor bajo estos diluvios de la oscuridad, porque aunque cueste tantos insomnios la auto-consciencia reflexiva, el desenlace es sin lugar a dudas más gratificante que la inercia de los ingenuos. Se cumple así la ley del desgarramiento: la vigilia del alivio contra la inhibición del dolor. Pero no se puede ser insomne en toda circunstancia; el hormigueo del calambre pasa en cuanto se cambia a una mejor posición. Si la tendencia del alma es la compenetración perpetua con su creador no contingente, en su contingencia precisará entonces de un trastrocamiento ontológico de su dualidad, voluntaria o involuntariamente. Ese trastrocamiento es la constante danza entre la ingenuidad y la reflexión. La imagen es antiquísima, pero la recogía Schiller dentro del molde del poeta; molde que a su vez Pamuk utilizó para esbozar sobre un lienzo virgen las dos caras del novelista: el ingenuo y el sentimental.

Permítaseme extrapolar entonces esta imagen a la ambivalencia de la renuncia: la ingenua, que es el acto involuntario de seguir a Jesucristo. Y la sentimental, que es, ya habiendo descendido lo suficiente dentro de las tinieblas de la ceguera, se aproxima el hijo pródigo con paso firme a la lucidez, al sentido último de la vida: la verdad.



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